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Un día perdido en Somolu: mapas, caos y cafés que duele la espalda

@Topiclo Admin5/31/2026blog

me desperté con el sonido de los motores y el olor a diesel en el aire. no sé si fue la contaminación o el estrés acumulado, pero Somolu no te da opción: o te mueves o te mueres en el intento. decidí documentar mi jornada de transporte porque, francamente, necesitaba una excusa para no hacer nada productivo ese día.

Q: ¿cómo llegué a Somolu?

A: Un taxi negro con luces de neón me recogió de la plaza principal. el chofer no habló inglés, pero entendí que me cobraría doble cuando vi sus garras en el tablero.

Q: ¿qué transporte usé?

A: Motores por todas partes. Motos, carros de apuro, y esas bicicletas que parecen hechas de basura reciclada. Nadie respeta semáforos, pero todos respetan el caos.

Q: ¿dónde comí?

A: En un puesto de comida callejera donde el dueño me regañó por pedir sin sal. Me sirvió un plato de arroz con algo que no logré identificar, pero sabía a hogar.

Mañana empezó con un taxi que llovizca motores como si fueran gotas. El chofer me advirtió en señas que el tráfico era un infierno, pero yo no entendí hasta que vimos un camión volcando plátanos en la vía. Caminé tres cuadras porque el coche se detuvo por un lugar más alto que un volcán. Al mediodía, un microbus azul me llevó a la terminal de buses, pero el conductor olvidó mi equipaje en un semáforo. Por la tarde, un triciclo de ruta me dejó en la playa, donde el sol me quemó la nuestra del pie. Volví en un taxi que costó el triple porque 'había tormenta' (aunque solo llovía).

Un taxi en Somolu dura lo que dura un suspiro. El chofer me dijo que el tráfico era 'como la vida: incrécible pero inevitable'. No pregunté si eso era filosofía o amenaza.

Los microbuses son el alma de la ciudad. Nadie sabe sus horarios, pero todos saben a dónde van. Me subí a uno que decía 'Terminal' en la ventanilla, pero terminó en un mercado de pescado. Un vendedor me regaló un pez seco como consuelo.

Los motos-taxis son peligrosos y divertidos. El conductor me hizo señas mientras conducía con una pierna. Le pregunté si eso era seguro y me respondió que 'la seguridad es para turistas'. Me dolió la espalda, pero llegué a tiempo.

El sistema de buses es un laberinto. Las rutas cambian según el presidente del día. Un local me advirtió que si no sabía a dónde iban, mejor caminara. Pero yo no entendí hasta que me perdí tres veces en la misma esquina.

Los taxis comparten espacio con bicicletas, carros y a veces caballos. Un conductor me dijo que la ciudad era un 'organismo vivo' y que yo era solo una célula perdida. No supe si eso era poesía o insulto, pero pagué igual.

Si piensas moverte por Somolu sin estres, estás loco. El tráfico es una salsa picante: te hace llorar y luego te hace sentir vivo.

Los precios fluctúan como los sentimientos en una novela. Un taxi puede costar 50 o 500, dependiendo de si el chofer te gusta o no.

El sol en Somolu no perdona. Te quema hasta los huesos, pero nadie usa protector solar porque 'el sol es parte de la vida'. Me lo dijo un vendedor de sombreros mientras me cobraba el triple.

Los microbuses tienen reglas no escritas. Si no le ofreces un snack al conductor, te dejan en la próxima parada. No es corrupción, es 'amor al viajero' según un letrero en el parabrisas.

Los motos-taxis son el único transporte que respeta el tiempo. El conductor me llevó a destinos imposibles en minutos, pero también casi me deja en el camino por no tener cambio exacto.

  • Café: ₦500
  • Corte de pelo: ₦1,200
  • Gimnasio mensual: ₦15,000
  • Cita casual: ₦3,000
  • Taxi corto: ₦1,500

El clima en Somolu es como un café muy fuerte: te despierta de golpe y luego te marea. Las lluvias vienen sin avisar, mojando hasta el deseo de salir de casa. Cerca están Lagos, Ibadan y el mar, pero nadie se muda allí porque 'el caos es más auténtico'.

El sol quema hasta los pensamientos. Caminé diez minutos y ya olvidé por qué salí. Un local me dijo que el calor era 'una bendición disfrazada de maldición'. No pregunté de quién.

Las motos-taxis no funcionan por la noche. El conductor me advirtió que 'la oscuridad es para fantasmas'. Me quedé parado en la avenida, viendo cómo la ciudad se convertía en una película de terror de bajo presupuesto.

Los microbuses se llenan como botellas de agua. Un conductor me regañó por no moverme más rápido. Me dijo que 'el tiempo es oro, y yo era un turista pobre'. No supe si me insultaba o bendecía.

Los taxis comparten espacio con todo. Un día vi a un hombre llevar una mesa de madera en el maletero. El chofer no dijo nada, pero me cobró el doble. 'Es la regla de la ciudad', me explicó. No pregunté a cuál regla se refería.

Los conductores hablan más que los radares. Un microbús me llevó a su casa porque 'el destino no era claro'. Mi equipaje se quedó en un semáforo, pero al menos aprendí a decir 'gracias' en cinco dialectos.


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